27 nov. 2009

Aeropuerto de Funchal (Fragmento I )


La última noticia que tuvo de Frank fue una postal enviada desde Madeira. De eso hacía cuatro años, y en realidad aquella postal no parecía que le estuviera destinada. Con una firma ilegible y un texto anodino (muchos saludos y recuerdos, alguna pregunta del tipo ¿qué tal vosotros?), la dirección que figuraba en su mitad derecha era la suya, la de Elena, pero los destinatarios no eran ni ella ni Carlos, su marido, sino una familia apellidada Pajarito. Había sido precisamente Carlos quien, de vuelta del despacho, la había sacado del buzón, y mientras se la enseñaba no había podido evitar un comentario chistoso: “¿Cómo puede ser que alguien se apellide Pajarito? Yo en su caso me lo cambiaría por Pajarraco: impone más respeto.” Ella contuvo por un instante la respiración y pensó en Frank. Pajarito, parajito mío. Ése era el apelativo cariñoso que Frank solía dedicarle en la intimidad, y Elena estuvo segura de que su antiguo amante había recurrido a esa clave privada para hacerle saber que en aquella lejana isla portuguesa seguía pensando en ella.
Pero desde entonces habían pasado cuatro años, y ahora Carlos y Elena estaban en un Airbus 319 de la compañía portuguesa Tap que se disponía a aterrizar en el aeropuerto de Funchal.

Aeropuerto de Funchal (Fragmento II )




La idea del viaje había sido de él. Hacía mucho tiempo que no viajaban solos, y dos días antes Carlos había aparecido por la tienda de antigüedades de ella agitando como un abanico los billetes de avión: “Ya puedes ir haciendo la maleta. Nos vamos.” Había visto el anuncio en el escaparate de una agencia de viajes y no había podido resistirse a la tentación de hacer una locura. Ésas fueron sus palabras, hacer una locura, y Elena hubo de reconocer que también ella lo necesitaba, que la estimulaba la simple perspectiva de romper con la rutina y olvidarse por unos días de clientes y compromisos. Sólo al llegar al aeropuerto de Lisboa, donde debían conectar con el vuelo a la isla, había sentido una primera punzada de decepción: el suyo era el típico viaje organizado, y el resto del grupo estaba formado por matrimonios de jubilados y señoras mayores con aspecto de viudas. Tal detalle acaso habría resultado trivial si el suyo no hubiera sido, como de hecho era, un matrimonio ciertamente descompensado. Ella, con cuarenta años recién cumplidos, se consideraba aún una mujer joven y bonita, y los catorce años y dos meses que Carlos le llevaba le acercaban de forma irremediable a todos esos compañeros de viaje, que parecían no tener otra cosa de qué hablar que no fueran médicos, operaciones y achaques de la edad.
En el autobús que les recogió en el aeropuerto le pareció evidente que el trato que aquellos hombres y mujeres les dispensaban no era igualitario. Se dirigían a Carlos con una rara familiaridad, como si desde el principio hubieran dado por supuesta su integración en el grupo, y reservaban para ella una gentileza algo distante y cautelosa. Luego, en el vestíbulo del hotel (el Carlton, uno de los mejores de la isla), uno de esos carcamales se le acercó para comentarle con un guiño cómplice que la última noche estaba prevista una fiesta con karaoke, y lo que hasta entonces había sido sólo fastidio dejó paso a una poderosa sensación de disgusto. ¡Una treintena de viejos emborrachándose y dando gritos ante un micrófono! ¿A eso era a lo que Carlos llamaba hacer una locura?

Aeropuerto de Funchal (Fragmento III )


La idea del viaje había sido de él. Hacía mucho tiempo que no viajaban solos, y dos días antes Carlos había aparecido por la tienda de antigüedades de ella agitando como un abanico los billetes de avión: “Ya puedes ir haciendo la maleta. Nos vamos.” Había visto el anuncio en el escaparate de una agencia de viajes y no había podido resistirse a la tentación de hacer una locura. Ésas fueron sus palabras, hacer una locura, y Elena hubo de reconocer que también ella lo necesitaba, que la estimulaba la simple perspectiva de romper con la rutina y olvidarse por unos días de clientes y compromisos. Sólo al llegar al aeropuerto de Lisboa, donde debían conectar con el vuelo a la isla, había sentido una primera punzada de decepción: el suyo era el típico viaje organizado, y el resto del grupo estaba formado por matrimonios de jubilados y señoras mayores con aspecto de viudas. Tal detalle acaso habría resultado trivial si el suyo no hubiera sido, como de hecho era, un matrimonio ciertamente descompensado. Ella, con cuarenta años recién cumplidos, se consideraba aún una mujer joven y bonita, y los catorce años y dos meses que Carlos le llevaba le acercaban de forma irremediable a todos esos compañeros de viaje, que parecían no tener otra cosa de qué hablar que no fueran médicos, operaciones y achaques de la edad.
En el autobús que les recogió en el aeropuerto le pareció evidente que el trato que aquellos hombres y mujeres les dispensaban no era igualitario. Se dirigían a Carlos con una rara familiaridad, como si desde el principio hubieran dado por supuesta su integración en el grupo, y reservaban para ella una gentileza algo distante y cautelosa. Luego, en el vestíbulo del hotel (el Carlton, uno de los mejores de la isla), uno de esos carcamales se le acercó para comentarle con un guiño cómplice que la última noche estaba prevista una fiesta con karaoke, y lo que hasta entonces había sido sólo fastidio dejó paso a una poderosa sensación de disgusto. ¡Una treintena de viejos emborrachándose y dando gritos ante un micrófono! ¿A eso era a lo que Carlos llamaba hacer una locura?

Aeropuerto de Funchal (Fragmento I V)


En la habitación, ya a solas, mantuvieron una breve discusión. “No seas tan seca, mujer. Hemos venido a pasarlo bien”, le dijo él, y ella ni siquiera se molestó en disimular su irritación: “¿De veras crees que con gente como ésa es posible pasarlo bien?” Carlos, acostumbrado a sus arranques de mal humor, esperó pacientemente a que se desahogara, y al final dijo: “No hace falta que vayamos con ellos a todas partes.”
Y es verdad que al día siguiente sólo coincidieron con los demás a la hora del desayuno, algo casi inevitable, y a la de la cena. El resto del tiempo lo pasaron solos. Visitaron la catedral, el puerto, la plaza del Ayuntamiento, un par de museos de escaso interés, tres o cuatro palacios recientemente restaurados. Pasearon entre los árboles exóticos de un parque, cada uno de ellos con un cartelito que indicaba su país de procedencia, y también por los jardines del que debía de ser el palacio del Gobernador, con vistosas fuentes, bustos de próceres locales y miradores que se asomaban al Atlántico. Recorrieron asimismo las calles del centro de la ciudad, entre las tiendas de ropa y de souvenirs, entre las cafeterías con terraza y los restaurantes para turistas, y Elena, silenciosa, no podía dejar de pensar en Frank, que cuatro años antes había tenido que pasar por esos mismos lugares y que quizá se había detenido ante los mismos escaparates y había admirado esos mismos árboles de tronco inmenso y frutos como salchichas. De vez en cuando la asaltaba la misma fantasía, la fantasía de que Frank seguía en la isla y le salía al paso en uno de esos jardines o una de esas calles. Frank, el viajero impenitente que sólo leía a Bruce Chatwin, el joven eterno que vivía como si el futuro no existiera, el vitalista que no obedecía más que a sus impulsos, el aventurero sin hogar y sin familia... Frank. ¿Alguna vez alguien así se habría instalado en una isla como Madeira, especie de inmenso geriátrico enclavado en mitad del Atlántico? Era absurdo, y Elena lo sabía.

Aeropuerto de Funchal (Fragmento V)

Lo más probable era que Frank, músico de profesión, hubiera llegado a aquel sitio con alguna de las orquestas que ocasionalmente le contrataban y que su estancia allí no hubiera superado las dos o tres semanas, quizá ni siquiera eso. ¿Dónde estaría ahora? ¿En qué rincón del planeta? Estuviera donde estuviera, hacía tiempo que debía de haberse olvidado de aquella isla y del contacto que desde allí había tratado de establecer con su ex amante a través de una postal en clave. Para Elena, en cambio, los nombres de Frank y Madeira habían quedado definitivamente asociados desde entonces, y el simple hecho de encontrarse en ese lugar avivaba una inequívoca sensación de proximidad con respecto a él. ¿Cómo habría sido el reencuentro? ¿Qué saludos habrían intercambiado? ¿Se habrían dicho “hola, pajarita”, “hola, pajarito”, como en aquella época? Resultaba agradable dejarse llevar por esas ensoñaciones, y lo único malo era que éstas se desvanecían al menor contacto con la realidad. Una realidad que en aquellos momentos se materializaba en la persona de Carlos, ese intruso en sus fantasías, ese visitante inoportuno. Volvió de repente la vista hacia él y se descubrió odiándole, odiándole con todas sus fuerzas, y el suyo no era un odio momentáneo o circunstancial sino un odio que hundía sus raíces en lo más profundo de sí misma, en cierta mañana de hace más de cuatro años en que tuvo que elegir entre la estabilidad sin pasión y la felicidad sin futuro.
El tercer día estaba programada una subida a la iglesia de Santa María do Monte, y Carlos, razonable como siempre, dijo que no tenía sentido que fueran por su cuenta, dado que todos aquellos gastos estaban incluidos y que, de todas formas, era lo único de Funchal que les quedaba por ver. “Nos los estaríamos encontrando sin parar”, comentó en alusión a sus compañeros de viaje.

Aeropuerto de Funchal (Fragmento V I )


El autobús les esperaba ante la estatua de la emperatriz Sissí, con la que varios de aquellos viejos, infatigables, insistían en hacerse fotos, y, después de un recorrido por calles ya conocidas de la ciudad, les dejó en la cola del teleférico. Cada una de las cabinas tenía capacidad para seis personas. A ellos les tocó compartirla con cuatro señoras del grupo. Una de ellas, la más parlanchina, se pasó un buen rato diciendo que Carlos era igualito, pero igualito, a un hermano suyo que acababa de casarse por tercera vez. Carlos se sintió o fingió sentirse halagado por la comparación y, mientras la mujer contaba la historia de su hermano, que había empezado de la nada y ahora tenía una planta de galvanizados que daba trabajo a más de treinta personas, Elena buscó alivio en la vista aérea de los tejados de la ciudad.

Aeropuerto de Funchal (Fragmento V II )


Unos cuantos minutos de conversación y la certeza de poseer algo en común, aunque sea algo tan frágil como eso, una supuesta semejanza física con quién sabe quién, pueden en determinadas circunstancias bastar para improvisar breves alianzas. Eso es lo que, a ojos de Elena, ocurrió entre su marido y esas señoras, que, una vez concluido el trayecto en funicular, parecían haberse vuelto inseparables. Visitaron juntos el Jardín Botánico, y juntos compraron bordados en la Quinta do Monte y se fotografiaron en las escaleras de la iglesia, y en realidad Elena no estaba segura de preferir la compañía única de su marido. El grupo sólo se deshizo cuando llegó la hora de montarse en los llamados carros do monte, y eso porque en cada uno de aquellos pintorescos vehículos no cabían más de dos pasajeros.

Aeropuerto de Funchal (Fragmento V III)


La guía turística, citando a Hemingway, lo había anunciado como la parte más excitante de la excursión: una bajada de cuatro kilómetros metidos en unos grandes cestos de mimbre, una especie de trineos sin patines que se deslizaban por una carretera empinada y sinuosa. La fila de carros aguardaba a los turistas al pie de las escaleras de la iglesia. Cuando les llegó el turno a ellos, Elena observó la gastada tapicería del asiento y se colocó junto a su marido. Aquello inspiraba cualquier cosa menos seguridad. El descenso se inició cuando los dos carreiros, unos hombres de aspecto desnutrido, con camisa y pantalón blancos y sombreros de paja, empujaron su carro cuesta abajo. Apenas unos segundos después habían alcanzado ya una velocidad considerable. Los carreiros iban detrás, subidos al estribo, y en las curvas más cerradas y los cruces de carreteras saltaban a la calzada y giraban o frenaban tirando de una cuerda que llevaban enrollada en la muñeca. De vez en cuando paraban y con unos trapos deshilachados engrasaban los bajos del carro, y entonces los escasos automóviles que les seguían aprovechaban para adelantarles. Elena no sintió el peligro hasta que llegaron al cruce y por el lado izquierdo apareció la motocicleta. Uno de los carreiros saltó a destiempo y sólo consiguió frenar cuando ya ellos dos habían empezado a gritar: “¡Cuidado!”

Aeropuerto de Funchal (Fragmento IX)


El incidente al final quedó en nada, el carro dando una vuelta completa sobre su propio eje, la moto derrapando interminablemente en su intento por esquivarles, pero Elena se llevó un buen susto y, con la voz entrecortada, dominada aún por la excitación, se volvió hacia su marido y no pudo evitar exclamar: “¡No lo aguanto más! ¡Tenemos que separarnos!” Carlos la miró sin decir nada. El motorista siguió su camino y ellos reanudaron el descenso. Cuando por fin bajaron del carro, él dijo: “Estabas nerviosa.” Y ella repitió: “Tenemos que separarnos.”
Pasaron el resto del día en el hotel. Carlos se mostraba esquivo, taciturno. Tampoco Elena tenía muchas ganas de hablar. Cenaron en la misma mesa que las mujeres del teleférico. Luego volvieron a la habitación, y Carlos dijo nada más: “No puedes hacerme esto. Sería incapaz de vivir sin ti. Me mataría.” Ella no contestó. Había dicho lo que había dicho sin pensar, pero ahora le parecía que esas palabras fortuitas habían revelado sus deseos más profundos y genuinos. “Dime que no me vas a abandonar”, insistió él, “dímelo”. Elena bajó la cabeza y se metió en el cuarto de baño.
El día siguiente era el último antes del viaje de vuelta. Estaba previsto que visitaran un pequeño puerto pesquero llamado Calheta y que cruzaran la isla por Paúl da Serra y que recorrieran el norte de la isla, con paradas en la antigua capital, Sao Vicente, y otros pueblos de interés turístico. Elena, sin embargo, dijo que no se encontraba bien y que prefería quedarse a descansar en el hotel. Carlos no insistió. Le dedicó un vago gesto de despedida y salió de la habitación.

Aeropuerto de Funchal (Fragmento X )


Permaneció acostada hasta más tarde de las diez. Bajó a la cafetería cuando ya había concluido el horario de desayunos, pero no le importó. Salió del hotel en busca de una terraza donde tomar un café y se descubrió recorriendo las mismas calles, los mismos jardines y parques que dos días antes, pero ahora a solas, sin su marido. Podía pues entregarse libremente a sus fantasías y evocaciones, y con una sonrisa en los labios recordó la noche en que Frank y ella se conocieron, en el hotel en que se celebraba la fiesta de clausura del Salón de Anticuarios.

Aeropuerto de Funchal (Fragmento XI )




Frank era uno de los músicos de la orquesta, y Elena no pudo apartar la vista de él desde que coincidieron en las puertas giratorias de la entrada. Lo demás fue sencillo, una copa juntos, el mismo taxi, el intercambio de números de teléfono, y mientras se despedían ella tuvo la rara certeza de que ya no podría renunciar a él. De que pensaría en Frank a la mañana siguiente, y seguiría pensando en él a la otra y a la otra. Sí, lo suyo por Frank había sido auténtica pasión, un sentimiento que no recordaba desde hacía muchos años y para el que creía haber quedado inhabilitada con el paso del tiempo. ¿Volvería a experimentar lo mismo si ahora se reencontraran? La figura de su marido había desaparecido hasta de su imaginación. Elena se veía a sí misma como una mujer separada, libre, y de golpe se preguntó qué pasos habría de dar para localizar a Frank. ¿Mantendría contacto con aquel amigo suyo, el dueño del bar en el que solían citarse? Y aquellos músicos con los que habían estado en alguna ocasión, ¿tendrían alguna idea de su paradero? Se imaginaba otra vez entre los fuertes brazos de Frank, y en su interior volvía a percibir la misma zozobra placentera que la había atenazado la noche de su primer encuentro íntimo.
Comió en el restaurante del hotel y después del postre aceptó probar la copita de puncha que el camarero le ofreció. Las primeras noticias llegaron algo más tarde: uno de los turistas del grupo se había despeñado por uno de los barrancos del interior de la isla. Aún no se sabía si era hombre o mujer ni si estaba muerto o sólo herido, pero ella recordó las palabras de su marido (“Sería incapaz de vivir sin ti. Me mataría.”) y empezó a temer que se tratara de él, de Carlos.

Aeropuerto de Funchal (Fragmento XII)


El gerente del hotel hizo varias llamadas telefónicas, y poco a poco los temores de Elena se fueron confirmando. Sí, era un hombre. Y, sí, parecía ser que había muerto. “¡Carlos!”, exclamó, llevándose las manos a la cara. El gerente intentó tranquilizarla y le dijo que tal vez hubiera un error y que, en todo caso, la identidad del accidentado seguía siendo un misterio. Elena negó con la cabeza y dijo: “Es mi marido. Estoy segura.” Ignoraba cómo podían ser los montes y paisajes de esa parte de Madeira y, sin embargo, la imagen de Carlos alejándose del autobús y de los otros turistas y arrojándose a un precipicio como quien salta a una piscina se le representaba con la nitidez de una película que en ese momento estuviera proyectándose ante sus ojos. “Será mejor que suba a su habitación. La mantendré informada”, dijo el gerente con expresión afligida, pero ella prefirió no moverse de allí, de aquel despacho al que la policía se había comprometido a llamar en cuanto dispusiera de nuevas noticias. “Agua, necesito beber agua”, pidió poco después. El hombre la dejó un momento a solas y Elena prorrumpió en un llanto desesperado, incontenible. ¡Con lo que se habían querido, y ahora él estaba muerto! Recordó su sonrisa amplia y su mirada serena. Recordó también la voz temblorosa y casi infantil con la que, quince años atrás, cuando ella era todavía una jovencita y él ya un hombre hecho y derecho, le había declarado su amor. Los recuerdos se agolpaban, y eran siempre recuerdos de sus años de dicha y plenitud, de la época en la que ninguno de los dos podía concebir la vida sin el otro. El brevísimo noviazgo, el viaje a Egipto, el arreglo de la casa que ambos habían considerado definitiva, los veranos en aquel hotelito mallorquín que disponía de una playa casi privada... Muerto Carlos, era como si todos aquellos recuerdos en los que él aparecía dejaran de ser recuerdos para convertirse en pura invención, como si ese tiempo feliz nunca hubiera llegado a existir. ¿Y Frank? No había vuelto a pensar en él desde las primeras noticias sobre lo ocurrido y, cuando lo hizo, ya nada era lo mismo.

Aeropuerto de Funchal (fragmentoXIII)


Ahora el intruso en sus sentimientos, el visitante inoportuno, era él, su ex amante. Qué injusta había sido al comparar a su marido con la intangible figura de Frank, un ser que pertenecía más al orden del deseo que al de la realidad, criatura más idealizada que ideal, sin otro tamaño que el de sus propias fantasías, y por eso mismo rival poco menos que imbatible para Carlos. ¡Ay, qué culpable se sentía por haberse dejado arrullar por tan tramposas ensoñaciones! “¿Quiere otro vaso de agua?”, le preguntaba de vez en cuando el gerente, respetuoso siempre de su dolor de viuda.
Luego alguien anunció que el autobús acababa de llegar, y Elena se encontró de golpe en el vestíbulo, viendo entrar turistas de ojos llorosos y expresión descompuesta. Una de las señoras del teleférico se echó en sus brazos y ahogó un sollozo. “Ha sido horrible”, repetía, “horrible.” Por encima del hombro de aquella mujer vio aparecer la figura de Carlos. Llevaba una gorra con el dibujo de un pez espada, y la nariz, como siempre que le daba el sol, se le había empezado a pelar. Se saludaron con un beso en la mejilla y Carlos dijo: “Con lo simpático que era ese hombre... No paraba de hacer planes para el karaoke de esta noche.” Elena asintió muy despacio y, mientras lo hacía, notó cómo un rencor antiguo renacía en su interior, renovado, intacto.

26 nov. 2009

LA MUERTE MIENTRAS TANTO...



Este martes,24 de novembro, os Fendetestas seguimos a nosa ruta polos fríos e estarrecedores camiños do terror: hoxe entramos amodiño no apartamento da praia de Clara e Pablo, os dous personaxes do conto de Martínez de Pisón LA MUERTE MIENTRAS TANTO. Intriga, medo... e un final aberto que nos deixa cun sabor agridoce ... Non deixedes de lelo, se tedes oportunidade. Nós acompañámolo dunha presentación en power point: unha pequena axuda para a fantasía de cada quen.

Se vistió atropelladamente. Llamaría a Carmen para que la recogiese. “ Ven a buscarme enseguida. Te lo ruego “. Con eso bastaría. Se disponía a salir cuando sus ojos se posaron en el ordenador encendido:


“ Ella es tiránica y cruel, aprovecha todos los medios a su alcance para poder someterme,me aplasta con su mirada. Quiere hacer de mí un esclavo para sentirse reina de algo “. La ansiedad le impedía apartar la vista de aquellas líneas en las que además hablaba “ de todas las ridículas actividades en las que me obliga a participar sólo para demostrar que me domina, no sólo la pesca con caña, sino también ese paseo en barca con esos vulgares amigos suyos que tienen dos niñas absurdas e iguales…” Comprendió que había estado conviviendo con un demente y que, sin saberlo, su vida corría un serio peligro. “ Para ella, yo soy el culpable de todo, hasta del más ínfimo acontecimiento. Estoy seguro de que piensa que he sido yo, y no los domingueros, quien HA ESTROPEADO EL TELÉFONO DE LA CABINA “.
Esa última frase la horrorizó. Apagó el ordenador con gesto mecánico y echó a correr escaleras abajo con la agobiante sensación de que todo había acabado, de que todo estaba perdido si aquello que acababa de leer era verdad. Y lo era. DESDE EL PORTAL SE VEÍA QUE EL CABLE COLGABA SIN OTRO PESO QUE EL SUYO PROPIO. Alguien había arrancado el receptor. Clara siguió acercándose, despacio ahora

LA MUERTE MIENTRAS TANTO...

18 nov. 2009

Gatos negros


Dentro del reino animal hay varias especies a las que se las asocia con la buena o mala suerte. Sin lugar a duda, el que más ha sufrido el desprecio de los supersticiosos es el gato negro. Si bien en el antiguo Egipto eran considerados la reencarnación de los dioses, y venerados por ello, hubo un momento en la historia en el que su fortuna se dio vuelta. Según la leyenda, el emperador chino Lyn Hi Tian tenía sólo una hija, que poseía como mascota a un gato negro. Un día, cuando el animal se escapó, el rey dijo que todos los que viesen pasar al gato negro y no lo atrapasen, serían ahorcados. Como era difícil de capturar, surgió el dicho que cruzarse con el animal era de mala suerte, y tomando al pie de la letra el edicto de su majestad, era mortal.
Los gatos negros para los celtas eran un animal diabólico que inspira un miedo muy particular. Unos pensaban que los gatos negros eran personas a las que los malos espíritus habían convertido en gatos, con lo que se decía que los gatos eran personas malditas.
Pero también se cuenta que los gatos negros no son más que el disfraz que utilizaban las propias brujas para pasearse tranquilamente por el mundo de los vivos y no ser reconocidas. De hecho, la diosa céltica Wicca (de donde procede la palabra en inglés Witch, es decir, bruja) se convirtió en gato negro para poder cometer incesto con su propio hermano: Lucifer.

El gato de Alicia


"Cheshire-Puss," she began, rather timidly, as she did not at all know whether it would like the name: however, it only grinned a little wider. "Come, it's pleased so far," thought Alice, and she went on. "Would you tell me, please, which way I ought to go from here?"
"That depends a good deal on where you want to get to," said the Cat.
I don't much care where---" said Alice.
"Then it doesn't matter which way you go," said the Cat.
"---so long as I get somewhere," Alice added as an explanation.
"Oh, you're sure to do that," said the Cat, "if you only walk long enough."

Gatos



Y ahora, mi sombra me ha creído su sombra.
http://sarmientobiblioteca.blogspot.com/2008/11/delirio.html

13 nov. 2009

DE FERNANDEZ PAZ A E.A. POE... A VUELTAS CON EL MISTERIO Y EL TERROR.




Y en la segunda mitad de la sesión hemos leído y comentado El corazón delator de Edgar Allan Poe. Fernández Paz nos lo puso en bandeja: el misterioso individuo que pretende trabajar en una funeraria, un hombre-lobo al que tanto le crecen las uñas y esa familia con poderes increíbles nos han transportado directamente a la atmósfera del misterio. Los componentes del club Fendetestas pidieron para esta semana " algo que aprete ben": dejamos por hoy el humor de Fernández Paz y nos preparamos para entrar, sobrecogidos, en el tenebroso y terrorífico mundo de Poe. Ni un ruido... todos hemos escuchado atentos como se produjo el crimen... y finalmente...casi hemos ensordecido también nosotros con el frenético ritmo del corazón delator.


Para no perder tono, nos llevamos a casa EL GATO NEGRO, del mismo autor. El próximo martes os contaremos nuestras impresiones.


¡Ah! Olvidábamos deciros que no sólo vamos a seguir indagando sobre superhéroes: los monstruos también merecen un poquito de atención... y si no lo creeis así, mirad al pobre Frankenstein que aparece unas líneas más abajo.

SEGUIMOS BUSCANDO SUPERHEROES...


En la sesión de este martes, 10 de noviembre, dedicamos unos minutos a hablar de los superhéroes y a ver imágenes de muchos de ellos: seguimos indagando en la historia particular de cada uno y el próximo martes os contaremos qué lemas, frases o comentarios se nos han ocurrido para identificar al superhéroe preferido de cada uno de nosotros.

11 nov. 2009

Mary Shelley. O monstruo.


Para Mary Shelly a condición particular da muller adquiría ,no século XIX, novas dimensións, volvíase significativa . Moitas das súas reflexións, inquietudes e aspiracións quedan no monstro de Frankenstein.
A Criatura é un ser inexperto, de aspecto estraño, que provoca rexeitamento e burlas. A ausencia de afecto e comprensión que lle acompaña esperta nel sentimentos de frustración, que condicionan a súa conduta. O monstro expresa a percepción que teñen os homes do corpo das mulleres, e sobre todo algúns intelectuais.
Para Mary Shelley escribir a novela foi falar da súa historia persoal, quixo expresar o enorme potencial da súa sensibilidade encerrada nun corpo que os outros con dificultades recoñecen como diferente. Esa é precisamente a gran loita deste monstruoso ser, o cal, cando se dá conta das posibilidades da linguaxe atrévese a pedir o máis lóxico e consecuente: unha parella.A historia dese corpo (o feminino a final de contas), perdeuse na oprobiosa crenza dos homes de que os corpos das mulleres son só receptáculos para a reprodución da especie. Por iso a reconstrución da historia dos seus propios corpos é un elemento fundamental na recuperación do sitio que verdadeiramente lles pertence e pertenceu sempre ás mulleres.
Trátase dun monstro deseñado a partir de pedazos de seres humanos, que termina desenvolvendo as súas propias ideas e sentimentos; unha creación abominable que contradi todas as crenzas predominantes até o momento, sobre os resultados e efectividade da ciencia. Pero ademais, é un procreo que ten unha sensibilidade moi particular, con aspiracións á comunicación propias das mulleres. Cando chora coa música, ou coa desgraza dos demais, é Mary Shelley a que nos está expresando as súas propias conviccións, as cales se atopan atrapadas nun corpo monstruoso (ou así o percibe) totalmente inaceptable para o común dos mortais. Só un cego en última instancia termina por aceptalo e recoñecelo como outro ser humano, que é ao que aspira, a pesar do seu ignominiosa monstruosidad.

6 nov. 2009

Laura Caveiro fala da nosa obra


Agustín Fernández Paz mestura nesta obra unha chea de matices como se os personaxes e as súas circunstancias fosen tecidos de diversas materias, case sempre veludo ou seda, que forman un deseño harmonioso sen cores rechamantes. Dez contos onde partindo dun anuncio por palabras conducésenos ata fascinantes historias. Vellos mitos adaptaranse nelas ós tempos que vivimos, dende o bruxo tradicional que para acadar o éxito na súa profesión realiza un Máster de Dirección de Empresas, ou a reciclaxe dun heroe do cómic en empregado-estrela, ata o distinguido home-lobo que en só tres lúas namorará á rapaza axeitada. Humor e moito afán de superación abrollan en todos os seres que buligan polas páxinas deste libro e os sentimentos converten ante os nosos ollos ás criaturas fantásticas en humanos. A determinación coa que o unicornio azul procura alguén da súa raza que o libre da soidade será compartida tamén pola libreira soñadora que procura unha obra de arte fuxidía. E por tantos outros. Fernández Paz dálle forma ós acontecementos cunha extraordinaria capacidade de fabulación que lle recoñecen, trala traducción a varios idiomas, lectores e críticos de todo o mundo. A partir das mensaxes breves e esquivas dos anuncios por palabras dos xornais, os seus lectores nos mergullamos con paixón nas páxinas impresas de Contos por palabras coa certeza de que onde realmente nos mergullamos é nun universo engaiolante.

Publicado o 22 de novembro de 2008


Spiderman, con picadura de araña radioactiva ou sen ela, non pode colgarse do teito como unha lámpada. É unha cuestión de peso e forza de adhesión. Dito doutra forma, que a máis peso, máis complicado é 'rabuñar' paredes. Pero que ocorre cando o superheroe lanza a súa tea co ánimo, por exemplo, de salvar á súa noiva *Gwen *Stacy dunha caída desde unha ponte? Pois que se a altura é duns douscentos metros, a súa velocidade elevarase a 225 *kilometros hora, co que a tea de araña do heroe interrompendo a súa caída suporía nin máis nin menos que unha forza cifrada en 16.000 *newtons. Algo así como se encima da pobre rapariga caese un peso de 1.600 quilogramos. Logo, lonxe de salvala, morrería co pescozo partido: «Hai amores que matan e Spiderman é un de eles».

Arañas y ciencia

La seda de araña ya era un material natural más resistente y ligero que el acero, pero ahora los científicos han triplicado su fuerza añadiéndole metal.
En concreto, Seung-Mo Leey sus colegas del instituto Max Planck de Física Microscópica de Alemania han descubierto que al agregar zinc, titanio o aluminio a una extensión de seda de araña, ésta se vuelve más resistente a las deformaciones y casi irrompible. Los científicos utilizaron un proceso que no sólo logra cubrir la seda con metal, sino que también hace penetrar iones metálicos en la estructura proteica de las fibras.
La técnica, descrita en la revista Science, podría ser útil para confeccionar productos textiles ultrarrresistentes y materiales médicos de avanzada tecnología, incluyendo huesos y tendones, así como hilos para operaciones quirúrgicas. Y por si esto fuera poco, en el futuro Lee y sus colegas pretenden agregar otros materiales a la seda, incluyendo polímeros artificiales como el teflón.

Anaquiños de Fernández Paz...


O noso invitado, hoxe, foi Spiderman, falto de cartos tivo que porse a limpar cristais: parece que lle vai ben o novo oficio, mesmo se fixo socio do dono da empresa.A que cousas obriga a crise!.
Os Fendetestas ficamos abraiados ao coñecer as voltas que da a vida... Mesmo as dos superheroes.
Os Fendetestas en busca de novas experiencias tratan de atopar para a semana máis superheroes... de ficción e de verdade.
Vide con nós!!!!

Bombóns, libros e conversas


Desde outubro está a funcionar novamente o Club de Letura Fendetestas.
Espérannos viaxes apaixoantes por mundos e tempos diferentes.
Arrincamos,subide con nós !!!!!!!